sábado, 19 de septiembre de 2009

Población resentida, población empobrecida

Nota publicada en "Radio Lev" (www.radiolev.com), "Diario de América" (www.diariodeamerica.com), "El Reloj" (www.elreloj.com) y "Cuba Democracia y Vida (www.cubademocraciayvida.org)



Después de un extenuante año en Israel (país donde resido) en el cual entre mis estudios y mi trabajo casi ni he tenido tiempo para descansar, estoy disfrutando de una largas vacaciones en mi país natal, Argentina. Llegué con la idea de visitar amigos y familiares, de cargar energías, pero no quise dedicarme a escribir nada ni prestarle demasiada atención a las noticias, como lo suelo hacer. Pero no voy a poder cumplir con lo que me propuse, ya que creo haberme dado cuenta de la causa de la pobreza en los países del Tercer Mundo.

Como todo ser humano que habita en este planeta, me suelo fijar en la clase política a la hora de criticar. Culpo a ciertos políticos por sus errores, por su corrupción, por su opresión, etc. Pero ellos son producto de nuestro deseo. En realidad no los odiamos, los “necesitamos” para poder responsabilizarlos y quitarnos culpas.

Por eso, en este artículo, mi crítica no se va a centrar en los políticos, sino en nosotros mismos, en los ciudadanos. Para ello voy a realizar una comparación entre Argentina e Israel, la cual seguramente no le caerá bien a los progres antisemitas. Pero ese tipo de fascistas me tienen sin cuidado, la idea es llegar a aquellos que quieren vivir en libertad y no bajo la opresión de los idiotas anteriormente nombrados.

Israel, al igual que Argentina, es un país en el que existe mucho estatismo. El gobierno se entromete en los bolsillos de la gente con una variedad ridícula de impuestos y el Estado se queda con un alto porcentaje de las ganancias que tanto trabajo le cuesta obtener a la gente. En realidad, no se trata de varios impuestos, sino de uno gigante, pero que lo camuflan dándole distintos nombres para que el saqueo no sea tan grotesco. Cuántas coincidencias ¿verdad?

Sin embargo, en Israel la corrupción (robar más de lo que lo hace el Estado con sus impuestos) se paga con prisión. En estos momentos están cumpliendo sus respectivas condenas dos ex ministros en cárceles comunes donde comparten la celda con delincuentes. En la Argentina, la corrupción es premiada. Es más, el dúo Kirchner, que hoy está en el poder, se ha enriquecido ilícitamente con el dinero de los contribuyentes y los petrodólares del dictador venezolano, Hugo Chávez. En Israel, esta pareja de sinvergüenzas, estaría en prisión ¿No es culpa de los ciudadanos el hecho de elegir a los Kirchner? ¿Y los que se oponen, acaso no quieren una alternativa parecida? Es que en Argentina la población se conforma con que se robe menos, porque consideran que los políticos roban porque está en su naturaleza.

De todos modos, la diferencia fundamental entre Israel y la Argentina está en el resentimiento de la población. En el país sudamericano, ser exitoso parece un delito. Por lo general, los ciudadanos se fijan en los resultados y no en el esfuerzo que se hizo o en la virtud que se tuvo para llegar a tener una fortuna. Esa persona que supo ganar mucho dinero, pasa a ser odiada y se empieza a presionar para que el Estado le quite altos porcentajes de su capital. De esta manera, el empresario se queda sin suficiente ganancia, por lo que no puede contratar más empleados y hasta debe despedir algunos. El trabajador acusará al hombre de negocios, en lugar de hacerlo con el Estado, quien aprovechará esta circunstancia para reclutarlo con lavajes de cerebro basados en el odio hacia su ex jefe y, de esta manera, obtener un voto más.
Es por eso que a la gente le da miedo ser exitosa. Tiene miedo a la reprobación, al maltrato, a quedar como una “mala persona”. A nadie le importa que un empresario adinerado le de trabajo a miles de personas en buenas condiciones y ayude, de esta manera, al país.

En una entrevista que le realicé al periodista argentino Ernesto Tenembaum hace aproximadamente 5 años, me afirmó que “la riqueza no derrama hacia abajo”. O sea, de esto se entiende que hay que sacarle al rico para darle al pobre al mejor estilo “Robin Hood”, para que el dinero sí pueda “derramar hacia abajo”. Esta es la típica idea de la izquierda para justificar el saqueo del Estado. Pero si razonamos en lugar de repetir frases progres, como hacen muchos en América Latina, entonces nos daremos cuenta que si los inversores privados no hicieran “derramar su dinero hacia abajo”, no obtendrán ganancias, pues no creo que ellos puedan hacer el trabajo solos. Es más, la libre competencia generaría que empleen a mucho personal y que los sueldos sean buenos, para derrotar a su rival.

Así de confundida está la población argentina, que confía en el Estado para que les de, sin necesidad de producir. Es así como comienzan las mafias parasitarias, quienes contagian a la población de resentimiento para beneficio propio. O sea, el gobernante quiere perpetuarse en el poder, o bien, entregarle el poder a un amigo que no los lleve a la justicia después de robar varios millones. Para lograr ese objetivo compra muchos medios de comunicación y a los pocos opositores los controla o intenta controlar, también enriquece a los líderes sindicales, quienes ya no necesitan trabajar para enriquecerse, que serán sus matones a sueldo y contagiarán a los empleados de odio hacia sus jefes, hacia los que tienen un BMW o hacia los que viven en Recoleta (barrio de alto nivel adquisitivo). Por más que el gobierno ahuyente las inversiones al cobrarles impuestos impagables, la culpa del desempleo será de las “grandes corporaciones” o “del imperialismo”. A esto se conoce como peronismo.

Pero, como afirmé al principio del artículo, es culpa de nosotros, los ciudadanos. El adoctrinamiento peronista siempre ha existido, pero nosotros no estamos dispuestos a cambiarlo. Nos gusta, nos relaja saber que “el imperio” o “el empresario” es el culpable y no nosotros mismos. Es más fácil no trabajar y culpar al prójimo.

Sin embargo, en Israel, la gente se enorgullece de su éxito. Si tienen dinero, lo usan. No temen comprarse un auto caro o usar un Rolex. Aquel que hizo un buen negocio, se sentirá bien consigo mismo y competirá en el mercado. Contratará empleados y aportará a la economía del país. El que no tuvo tanta suerte o tanta capacidad, lo seguirá intentando mientras trabaja dignamente, mantiene a su familia y disfruta de su vida. No sentirá resentimiento ni odiará a nadie. Desde ya que no saldrá a cortar calles para pedir que le roben al empresario para darle a él. Hará simplemente una cosa: seguir produciendo.

El mejor ejemplo que puedo dar al respecto sucedió durante la crisis, de la cual Israel fue víctima como el resto del mundo. Tras una ola de despidos de empleados del sector informático, muchos de esos profesionales, a pesar de la tristeza e impotencia que deben haber sentido, comenzaron a trabajar momentáneamente en lugares que nunca hubieran imaginado como en bares, restaurants, hoteles, etc. Nadie salió a cortar calles ni los sindicalistas comenzaron a ocupar empresas o a golpear gente. Hicieron simplemente una cosa: seguir produciendo hasta que la situación mejore.

Cuando la voluntad de auto-superarnos sea mayor que nuestro resentimiento, la situación socio-económica en Latinoamérica va a mejorar. Estamos culpando al que nos quiere ayudar y aplaudiendo al que nos oprime. Sé que es difícil dejar ese resentimiento de lado, cuando lo vemos en todos lados: en nuestros dirigentes, en los medios de comunicación, etc. No nos olvidemos que ellos responden a sucios intereses y dinero no les falta. Sé que es algo cultural y nos cuesta reconocerlo. Seguramente, muchos me odiarán después de leer este artículo. Me tildarán de “vendepatria”, “imperialista”, etc. No me preocupa. Lo que sí espero, es que algún día todos abramos los ojos.

No hay comentarios.: